El gran salto
poesía y
Ayer, en una presentación de Galleteras, un chico me preguntó que cómo había sido lo de pasar de mi “hobby”, refiriéndose a mis dos libros de poesía anteriores, a este libro de narrativa, más “serio” (el entrecomillado es cita).
¿Cómo? Dije. Había entendido lo que quería decir, claro, y luego se disculpó por las palabras que había utilizado, muy amable, que se refería “sobre todo al gran volumen de documentación que puede implicar la narrativa a diferencia de la poesía”. Se disculpó por las palabras que había utilizado, pero las utilizó. Quiero decir: que en su mente la poesía era un hobby porque es un género menor, un juntar unas palabras así rapidito (supongo), un dejarse llevar por la mente, la emoción. ¿Una cosa de adolescentes? ¿Una cosa de chicas? Estas son palabras mías, claro, porque me he quedado reflexionando sobre ello estas horas, estoy en bus de madrugada de vuelta a mi casa, solo quiero estar acostada con mi chico y nuestro retoño, y este tiempo muerto me permite pensar en la poesía.
Casi le contesto directamente a cómo fue el proceso de escritura del libro de narrativa, pero me detuve en la poesía. Que la poesía me la tomo muy en serio. Que ojalá pueda volver a escribir (de hecho, algo se cuece en varios documentos word) poesía. Que la poesía sigue siendo nicho porque se la maltrata, precisamente, sí, de esta manera. Dejándola a un lado de su hermana mayor. Se la entiende como impulsora: vamos, que de la poesía ojalá algún día, muchacha, des el gran salto a la novela. Whatever lo que sea eso.
¿El gran salto?
¿El salto?
Si mi salto es la orilla. Rozarla con la
yema de los dedos. Hurgarme la yema
de los dedos y su huella: ¿hay en la huella
una orilla o es la orilla
la que nos devuelve el mapa?
También me está haciendo acordarme de la gran lucha de los profesionales del cortometraje español que quieren, que les gustaría (pero no pueden) dedicarse solo y exclusivamente al cortometraje. Sin embargo, todxs los miran esperando el gran salto al largo. Quedarse ahí, en el corto, no seré la primera que lo diga, es una especie de resistencia a la homogeneización cultural, a la mainstreamización, a los ritmos tecnocapitalistas insoportables que nos aseeeediaaaan.
En gran medida (o en muy pequeña medida, que es lo que he venido a defender hoy aquí), incluso Galleteras es menor. ¿De qué salto me hablan? Es menor porque es un ensayo. Es menor porque aunque es un ensayo, basta abrir el libro para darse cuenta (no sé) de que no es un ensayo-ensayo. Vamos, que es un ensayo dinamitado. Y cada una de sus partículas, muchas, responden a la poesía.
Tiempo muerto para deshacer la poesía.
No quiero que esto sirva para promocionar el libro. Así que volvamos al otro pensamiento. Porque creo que lo que estoy intentando hacer es rebuscar en mí lo artesanal, lo que implica pausa. Me interesa lo chiquito por su chiquitez. No por el puente que le conecta con lo más grande. Veamos:
- Con diecisiete me consideraba cinéfila de cortometrajes. A día de hoy casi que me sé más directores y títulos de cortos que de largos.
- Y aunque leía sobre todo poesía, lo que más leía eran los papelitos que nos intercambiábamos con amigas en clase, a escondidas. Sé que T. sigue guardando muchos de ellos. Sueño con hacer un poema largo de esos papeles cuadriculados y arrugados. O con los sms de las horas gratis de la compañía de turno.
- Leía y escribía fan fics con un goce superior que no he vuelto a sentir.
- A los dieciocho me fui a vivir a una ciudad enana de Bélgica, germanófona, el único lugar donde se dice Tschö wa! para despedirse, cuando podría haberme ido a Bruselas o cruzado a la Alemania-real, la que dice Tschüss, yo qué sé.
- Lo mismo con Montevideo. Ese erasmus que podría haber sido en Copenhague y terminó siendo en el paisito. Ese erasmus en el que muchos me decían: “¿por qué acá y no en Buenos Aires?”
- Escribía diarios con amigas y los reivindicaba como género. Nos juntábamos en talleres, retiros, para leernos y leerlas, a las que estuvieron antes, y para validarnos, también, yo creo (Gracias, Casa Índigo, por tanto y por tantos años).
¿Pero por qué hablo de estas “chiquiteces” si ni yo misma considero chiquita la poesía?
Tiempo muerto para deshacer la poesía ya deshecha y esparcida.
El segundo comentario de este tipo (un saludo desde aquí no tengo nada en contra de ti me gustó tu pregunta me parece sintomática y me está sirviendo de reflexión en substack) recalcaba la necesidad de documentación para un libro de narrativa… en contraposición, claro, con la escritura de poesía. Y me vinieron a la cabeza varios nombres de autoras contemporáneas que desmontarían rápidamente ese comentario: Juan F. Rivero, María de la Cruz, Juan de Salas, María García Díaz,. Andrea Abello, Laura Rodríguez Díaz (Gracias Unai por lo que nos das, gracias Ultramarinos) Sofía Crespo Madrid, entre tantísimos otros. Y mientras pensaba o decía sus nombres en alto no era capaz de transmitir de qué trata el proceso de documentación de la poesía. Yo misma tuve que documentarme muymucho para mis libros de poesía porque hablan de temas del corazón esas chiquitadas, pero hablan de lo universal, y lo universal está pululando por ahí, no te lo puedes inventar (qué es inventar) (ojo la poesía es ficción o no ficción), tienes que estar muy atenta muy atenta escucharlo pensar en pasarlo al papel apuntarlo en una nota en el móvil o mandarte un audio y después trabajar con el texto si es que te dejas llevar por ese proceso; si eres más metódico entonces, ¿qué? “En la última fase de escritura me dedicaba al libro en mañanas y tardes, durante unos dos meses” dice Rosa Berbel en las entrañas del texto, proyecto maravilloso de María Sánchez. O “Tardo bastante tiempo en conjuntar las piezas, en sacudir versos que no sirven de nada y despojarme de las ideas que no aportan al texto” (David Refoyo) Y también: “María, los lectores no saben las cosas que nos ocurren mientras el libro avanza suavemente. Escribirlo, pensarlo, sentirlo, a veces nos lleva un año, dos, tres o más. Cuando leo una reseña que sugiere que mi poemario resulta corto porque tiene 58 poemas, yo susurro: ‘Son 58 poemas y tres años. Tres años sumergiéndome en un naufragio’” (Natalia Litvinova). O Luz Pichel, que dándole por título “otras semillas para el poema” trae una carta manuscrita y dice “Cartas de emigrantes cuidadosamente guardadas en la familia. De su lectura atenta surgió la idea de utilizarlas de algún modo”.
Iba a intentar darle un cierre redondo al texto, e incluso fingir que es una especie de ensayito pensado, pero en realidad no es más que un vómito de pensamiento que dejo aquí desordenado: un esqueje de reflexión de madrugada, una cosita de nada, chiquitita, sin salto.
Edito:
Voy a releer Libros chiquitos, de Tamara Kamenszain, como ustedes comprenderán.
Paula Melchor publicó, junto con Adri Fauro, un texto precioso más elaborado y conciso sobre todo este tema.



Gracias por el artículo 💜. Me parecen muy acertadas las reflexiones y tomo notas de las referencias que nos has ofrecido.
Para mí la poesía representa la forma más pura de lenguaje literario precisamente por su capacidad de escapar del propio código y llegar directamente al lector.
Borges consideraba la novela como un género menor y prefería el cuento porque permitía trabajar el lenguaje con la precisión de la poesía.
Se sigue considerando el trabajo intelectual de acopio de información como un proceso más elevado que el trabajo introspectivo de escarbar en uno mismo para llegar a entendernos y, como consecuencia, comprender el mundo.
En este sentido creo que la IA nos obligará a replantearnos la esencia de lo humano y volveremos a dar valor a lo que realmente nos define y a encontrar nuestra verdadera posición en el mundo (soy optimista).
Quizás al gran público no le gusta la poesía porque muchas veces requiere un esfuerzo para llegar a entenderlo, releerlo, rellenar los espacios. Hoy en día impera la superficialidad, los eslóganes, la homogeneidad, la apariencia. No es extraño que la poesía sea de nicho.
Por cierto, me ha encantado que hayas hecho referencia al mapa porque yo también siento la lectura y la escritura como un proceso de búsqueda, de ir señalando puntos en el mapa que me llevarán al lugar donde la vida adquiere sentido.
Es cosa seria la poesía. Pena que esté tan infravalorada en las editoriales. Me tocó conocer poetas reales, de esos que viven escribiendo y corrigiendo. Acomodando las palabras con un cuidado que ojalá todos tuvieran para con las personas. Suerte con el libro nuevo!